Y no eches1 (de tus asambleas a los débiles y pobres de entre los creyentes) que imploran y adoran a su Señor por la mañana y por la noche buscando Su beneplácito. No te corresponde pedirles cuentas de lo que hacen, ni a ellos les corresponde pedirte cuentas de lo que tú haces. Y si los echaras, serías, entonces, de los injustos.